domingo, 22 de diciembre de 2019

Stabat Mater


Stabat Mater


Jacopone de Todi (atrib)

Traduccion Lope de Vega.

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La madre piadosa estaba
junto a la Cruz y lloraba,
mientras el Hijo pendía.

Cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

Oh, cuán triste y afligida
se vio la Madre escogida,
de tantos tormentos llena.

Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara
y a la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

Y ¿quién no se entristeciera,
piadosa Madre, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo
vio Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre;

Y muriendo al Hijo amado,
que rindió, desamparado,
el espíritu a su Padre.

Oh Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.

Y que por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y porque a amarte me anime
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de su pena mientras vivo.

Porque acompañar deseo
en la Cruz, donde le veo
tu corazón compasivo.

Virgen de vírgenes santas,
llore yo con ansias tantas
que el llanto dulce me sea.

Porque tu pasión y muerte
tenga en mi alma de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su Cruz me enamore;
y que en ella viva y more,
de mi fe y amor indicio.

Porque me inflame y encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.

Porque cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.


Monteverdi : Stabat virgo Maria


Letanía inocente a la Virgen María

Letanía inocente a la Virgen María

Martín Descalzo, Jose Luis

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Para cantarte traigo a mi regazo los ríos, 
los numerosos ríos del silencio
de tantos años, tantos como llevo
intentando cantarte, prometiéndote
concentrar, mi dulzura, mi cariño, mis sueños,
todo cuanto la vida fue poniendo a mi vera
para la clara lumbre de tu clara figura.

Quiero traer mis pájaros
mis amorosos pájaros nacidos en mundos
 extrañísimos,
la claridad del rayo que asusta la pradera
el relámpago rojo del amor en el bosque,
la imaginada selva, el pez que vive el agua
y la comprende hasta los mismos huesos,
la cima donde el hombre nunca ha llegado a amar,
todo cuanto no he visto, todo cuanto no sé si entiendo
todo sobre tu nombre.
Sobre tu nombre, el nombre de mis sueños más ciertos,
los nombres de las calles de mi infancia,
los nombres distintísimos de todos mis juguetes,
el nombre del balón, de la nieve, del mundo.

Para tus ojos claros mi infancia renaciendo,
para el temor blanquísimo de tus manos de niña
todas las azucenas que mis ojos han visto.
Todo el pan que he comido, todo el trigo que pude
yo sembrar con mis manos,
todo el sol que ha rozado mi piel como una madre
para tu cabellera, todo, todo.

Mis bosques, la pupila del agua emocionándome,
las amapolas súbitas, el verde pacientísimo de la pradera mansa,
el silencio cerrándose como un beso en sí mismo,
los ángeles bajando por el sol hasta el alma
y toda la alegría, toda esa primavera concentrada y chiquita,
todo para tus labios, para tus besos todo.

Para tu nacimiento tu voluntad de vida,
para tu nacimiento mi residuo de muerte,
para tu nacimiento sin mancha, mi pecado.

Para tu infancia todo mi cariño de padre ya imposible.
para ti, niña de dos años,
todo el montón enorme de mis caricias muertas,
todos, todos mis besos retenidos
para tí, niña mía, para tí, niña mía de dos años
que ahora aprendes a andar,
a sostenerte y sostenernos mucho,. 
Para la pequeñez de mis manos inermes
estas sencillas lágrimas que estoy llorando ahora
éstas que lloro siempre cuando pienso en tus manos.

Para tus juegos blancos voy a traerte todas
las muñecas del mundo, 
para los lazos rojos de tus trenzas chiquitas
voy a traer los "Te amo" que no diré en mi vida;
y para ese pañuelo, para ese pañuelo
con que vas a jugar tantas veces a "madres"
voy a traerte el lino de mi primera misa.

Para tu Anunciación
voy a traerte el ángel de cristal de mi gozo,
el ángel de esta espera, de sol, o viento o risa;
el ángel construido de amanecidas todo,
el casi analfabeto
que sabe solamente el Ave gratia plena,
que no es más que palabras,
que se va a deshacer en cuanto las pronuncie.

Para tu fácil parto la ligereza de los cerbatillos
para tu llanto al verle, un agua hecha de Dios.
como una clara fuente.
Para tu primera nana, el canto solitario de todas las estrellas
el acorde balido de todos los rebaños,
todas las risas de los niños, frescas.

¿Y qué para tus manos?. ¿Qué para tu temblor
al sentirle de carne, de tu carne y tu llanto
al repasar su forma diminuta de Dios?
Para tus manos sólo mis manos, nuestras manos,
tanto como han llorado desde que el mundo es mundo,
tanto que se han quejado al pasar por las cosas,
al tocar azucenas y lirios y gladiolos,
al saber que tardaba la hora de tocarle.

Para ti nuestras manos. Para ellas solamente
la lluvia de tus besos,
tanto solo como llevas en tus labios dormidos,
para ellas el sencillo laboreo de todas
tus abejas dulcísimas, para que nos las cambies,
para que se equivoque Dios al buscar tus manos.



La sonrisa de María



La sonrisa de María



Benedicto XVI, Fragmentos alocución, Lourdes,  15/09/2008



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El salmista, vislumbrando de lejos el vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a pro pósito de la Virgen María que “los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa” (Sal 44,13). 
De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Seño ra, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. 
Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella con suelo y sosiego. 
Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre. 
Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46-47). 
  Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa. Aquí, en Lourdes, durante la aparición del miércoles, 3 de marzo de 1858, Bernadette contempla de un modo total mente particular esa sonrisa de María. 
En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las cria turas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable.
 En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera. 
Sí, buscar la sonrisa de la Virgen María no es un infantilismo piadoso, es la aspiración, dice el salmo 44, de los que son “los más ricos del pueblo” (44,13). “Los más ricos” se entiende en el orden de la fe, los que tienen mayor madurez espiritual y saben reconocer precisamente su debilidad y su pobreza ante Dios. 
En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el amor que Dios nos regala y que pasa por el corazón de la que ha llegado a ser nuestra Madre. 
Buscar esa sonrisa es ante todo acoger la gratuidad del amor; es también saber provocar esa sonrisa con nuestros esfuerzos por vivir según la Palabra de su Hijo amado, del mismo modo que un niño trata de hacer brotar la sonrisa de su madre haciendo lo que le gusta. 
La sonrisa de María es una fuente de agua viva. “El que cree en mí -dice Jesús- de sus entrañas manarán torrentes de agua vi va” (Jn 7,38). María es la que ha creído, y, de su seno, han brotado ríos de agua viva para irrigar la historia de la humanidad. 
María os confía su sonrisa para que os convirtáis vosotros mis mos, fieles a su Hijo, en fuente de agua viva. Lo que hacéis, lo hacéis en nombre de la Iglesia, de la que María es la imagen más pura. ¡Que llevéis a todos su sonrisa! 


La Virgen de la Inocencia


La Virgen de la Inocencia

Georges Bernanos, Diario de un cura rural, Barcelona 1951, 202.

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La Virgen Santa no ha tenido ni triunfos ni milagros. Su Hijo no permitió que la gloria humana la rozara siquiera. 
Nadie ha vivido, ha sufrido y ha muerto con tanta sencillez y en una ignorancia tan profunda de su propia dignidad, de una dignidad que, sin embargo, la pone muy por encima de los ángeles. Ella nació también sin pecado... ¡qué extraña soledad! 
Un arroyuelo tan puro, tan limpio que ella no pudo ver reflejada en él su propia imagen, hecha para la sola alegría de Dios Padre –¡oh soledad sagrada!–...
 Los antiguos demonios familiares del hombre, dueños y servidores al mismo tiempo, los terribles patriarcas que guiaron los primeros pasos de Adán en el umbral del mundo maldito, la Astucia y el Orgullo, contemplan desde lejos a esa criatura milagrosa que está fuera de su alcance, invulnerable y desarmada.
 Es verdad que nuestra pobre especie no vale mucho, pero la infancia emociona siempre sus entrañas y la ignorancia de los pequeños le hace bajar los ojos, esos ojos que conocen el bien y el mal, esos ojos que han visto tantas cosas.
 ¡Pero no es más que la ignorancia al fin y al cabo! La Virgen es la inocencia. Date cuenta de lo que nosotros somos para ella, nosotros, la raza humana. Ella detesta el pecado, naturalmente, pero no tiene de él ninguna experiencia, esa experiencia que ni siquiera les ha faltado a los más grandes santos, hasta al propio santo de Asís, con lo seráfico que fue. 
La mirada de la Virgen es la única verdaderamente infantil, la única mirada de niño que se ha dignado fijarse en nuestra vergüenza y en nuestra desgracia. 
Sí, hijo mío... Para rezar bien las oraciones que a ella dirigimos tenemos que sentir sobre nosotros esa mirada que no es del todo la de la inocencia –pues la inocencia va siempre acompañada, siempre, de alguna amarga experiencia–, sino de tierna compasión, de sorpresa dolorosa, de no sabemos qué sentimientos, una mirada inconcebible, inexpresable, que nos la muestra más joven que el pecado, más joven que la raza de la que ella es originaria y, aunque Madre por la gracia, Madre de las gracias, la más joven del género humano



La obra navideña de Jean-Paul Sartre


La obra navideña de Jean-Paul Sartre



Bariona y el Hijo del Trueno, Fragmentos, Jean Paul Sartre


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«La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que describir de su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas.

Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho y su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡mi pequeño!
Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí y de su condición humana delante de su hijo.

Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios. Le mira y piensa: Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí. Y ninguna mujer, jamás, ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios caliente que sonríe y que respira, un Dios al que de puede tocar; y que sonríe.

Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.» 
Eso en cuanto a Jesús y la Virgen María. 
¿Y José? A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado. 
Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya del lado de Dios. Porque Dios explota como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar”.

"Tenemos aquí una obra cuya espiritualidad me ha impresionado mucho. Es la obra "Bariona" de Jean-Paul Sartre, el filósofo existencialista, escritor y dramaturgo. En el otoño de 1940, los nazis lo capturaron y lo deportaron a un campo de concentración en Alemania. Justo antes de Navidad. Un jesuita también preso, Paul Feller, lo persuadió para que escribiera una obra sobre la Natividad para cristianos de habla francesa, también en cautiverio. Sartre, bautizado como católico, se había convertido en ese momento en un ateo convencido. Escribir una obra cristiana estaba en contra de sus principios, pero como gesto de solidaridad con sus conciudadanos franceses, escribió Bariona, obra teatral en cinco actos."

María Madre de Dios y de la Iglesia



María Madre de Dios y de la Iglesia


Jean Vanier, Visages de Marie, pag. 12, 147.


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"La paradoja de Maria es la misma que la de Jesús". Ella que es la más bella, la más noble de todas las creaturas, es la más escondida, la más simple, la mas desarmante entre todas".
“Maria no es solo un modelo para algunas mujeres casadas o consagradas. Ella está viva hoy con Jesús, llena de compasión y de bondad para cada hombre, cada mujer, cualquiera sea su condición, su sufrimiento, su soledad, su pecado, su herida interior".
"Maria está al lado de todos los crucificados de la tierra para consolarlos, amarlos y darles fuerza". Ella ama con su amor de madre, de hermana, de amiga”
Jesús le ha entregado a Juan, el discípulo amado y nos dice a cada uno de nosotros":
¡He Aqui a tu Madre!